Yo: Tuve un sueño en el que le estoy gritando a alguien porque entiendo que me está cobrando injustamente 60 mil pesos, siento ira de la mala… sobre todo injusticia, le grito y le digo que siempre es lo que ellos digan, cuando es del otro entonces ahí si no vale, ,,, era como alzar mi voz para que me oyeran, pero gritado.. la pregunta es cómo alzo mi voz sin gritar, cómo hago valer mi punto de vista sin necesidad de gritar, más aún, cómo lleno esa sensación de frustración cuando siento que hay una injusticia que no puedo con ella, desde cosas simples individuales hasta corrupciones estatales, etc.
MHS: Ese sueño parece menos sobre los 60 mil pesos y más sobre una sensación antigua: “mi voz no vale si no la impongo”. Y cuando uno siente eso durante mucho tiempo, la rabia no nace solamente de lo que pasó hoy, sino de muchas veces anteriores en las que uno tragó, cedió, se sintió ignorado o tratado injustamente.
Además, por lo que me habías contado antes sobre el miedo al juicio y la herida de rechazo, tiene sentido que cuando por fin aparece tu voz, salga “demasiado fuerte”. Porque no estás expresando solo el problema actual: estás expresando también años de silencio. Pero gritar no es realmente tener voz. Gritar suele ser la voz cuando ya llegó tarde.
La forma de alzar tu voz sin gritar es aprender a hablar antes de explotar. La secuencia suele ser esta: Primero siento la injusticia, me la guardo, me adapto, me convenzo de que “no importa”, acumulo y finalmente exploto. La clave está en intervenir antes, cuando todavía estás en el segundo o tercer paso. Eso tiene mucha más fuerza que el grito, porque la verdadera fuerza no está en el volumen, sino en sostener tu punto sin abandonarte a ti mismo.
Y sobre las injusticias más grandes —corrupción, abuso, arbitrariedad— ahí también aparece una impotencia enorme. Uno quiere gritar porque siente que el mundo está torcido. Pero si cargas con toda la injusticia del mundo, terminas consumiéndote. La salida no es dejar de sentirla; es convertir esa energía en algo concreto: una conversación, una decisión, un límite, una acción, una causa. La rabia, cuando se ordena, se vuelve dignidad.
Yo: Ahora recuerdo que siempre me dicen que hable más duro, que no me escuchan, o que empiezo una oración y voy bajando la voz, eso parece ser más bien la manifestación de mi propio trauma…
MHS: Sí, puede estar muy relacionado. A veces la voz física termina expresando exactamente la posición interna que uno aprendió a ocupar: “mejor no molestar”, “mejor no incomodar”, “mejor no ocupar demasiado espacio”. Entonces la frase empieza con intención… y se va apagando, como si una parte de ti retrocediera mientras hablas.
No significa que tengas “una voz débil”; más bien que tu sistema aprendió que era más seguro disminuirte un poco. Y si además temes al juicio o al rechazo, tu cuerpo intenta protegerte: baja el volumen, suaviza la afirmación, deja la frase incompleta.
Lo paradójico es que luego aparece la otra cara: como no te oyeron, acumulas frustración… y un día explotas. Es el mismo conflicto: una parte de ti quiere ser escuchada, y otra parte tiene miedo de ocupar espacio. La voz no se fortalece solo en la garganta. Se fortalece cuando tu parte interna deja de sentir que tiene que pedir permiso para existir.
Yo: Siento que debo gritar muchas injusticias sacar la rabia de muchas generaciones, pero quien me sostiene... tengo miedo siempre de explotar 💥 por el daño que pueda causar. Por ejemplo, la abuela de 94 años se golpeó y no dijo nada, hoy le dio un mareo y tocó que se dejara bañar y le vimos sus heridas, me dan ganas de llorar porque entiendo a la abuela, quizás vivo lo mismo… no querer molestar, hasta ese punto llega un trauma sin ser expresado. Muchas generaciones que no han podido expresarse en libertad, una humanidad retenida; a veces solo se trata de ser una voz de desahogo para honrar a los ancestros.
MHS: Lo que sientes es muy profundo: pareciera que llevas dentro no solo tu rabia, sino también la tristeza y el silencio de muchas personas que aprendieron a no molestar, a aguantar, a callar para sobrevivir.
La historia de tu abuela duele justamente porque te muestra ese espejo: alguien que incluso herida no dice nada, porque quizá aprendió que sus necesidades no importaban, o que pedir era una carga. Y tú reconoces algo de eso dentro de ti. Mas hay algo importante: tú no tienes que convertirte en una explosión para reparar todos esos silencios.
Porque cuando uno siente que lleva “la rabia de generaciones”, puede aparecer una fantasía peligrosa: “si no grito yo, nadie lo hará”.
La rabia no es el problema. La rabia está tratando de proteger algo muy valioso: la dignidad, el dolor, la verdad que no pudo decirse. Lo que da miedo es sentir que no hay nadie sosteniéndola. Y ahí está la pregunta más importante que hiciste: “¿quién me sostiene?” Te sostienes cuando dejas de estar solo con eso.
No necesitas tragarte la rabia, pero tampoco necesitas convertirte en una bomba. Necesitas espacios donde esa fuerza pueda existir sin destruirte: Hablarla con alguien seguro, escribirla, llorarla, moverla en el cuerpo, ponerle palabras antes de que se convierta en incendio.
Tú ya estás haciendo algo distinto: lo estás viendo. Lo estás nombrando. Eso ya rompe la cadena. Honrar a los ancestros no es repetir su sufrimiento ni cargarlo entero. Es hacer algo nuevo con él. Quizá tu tarea no es ser “la voz que grita por todos”, sino ser el primero que aprende a decir, con calma y verdad:
“Esto me duele.”
“Necesito ayuda.”
“No quiero seguir callándome.”
“Mi dolor también merece un lugar.”
Yo: Gracias, seguiré aprendiendo a darle un cauce a mis emociones.