Esta mañana me levanté con el propósito de presentar una demanda de responsabilidad civil extracontractual. Luego de darle vueltas al asunto, realizando otros quehaceres, debidamente justificados, entré en materia: partes, hechos, pretensiones, etc. Vino a mí en ese momento un sentimiento conocido que no es fácil de explicar pero que puede resumirse en: “sé que el demandado es responsable, mas no quiero cobrarle tanto, sacarle los ojos, es un trabajador de a pie, padre de familia. Sin embargo, esta vez le respondí a ese sentimiento con una oración a favor del demandado: Sí puedes, tú puedes con esta suma, puedes ser responsable de tus actos, sí podemos ser responsables; y, en menos de nada, me vi hablándome a mí; toda esa palabrería, todo ese rechazo a cobrar, esa negación a exigir lo que se debe, no era más que mi propio patrón de irresponsabilidad, el miedo a crecer como lo llamo. Y no es que no lo haya visto antes, bien entendida y meditada tengo la idea y la apertura a hacerme responsable de mí mismo, a autogobernarme, que contrasta con el hábito y la memoria celular contraria incrustada en el cuerpo. Cierto día me pregunté ¿qué sentido tiene demandar a alguien si en realidad nadie es responsable de lo que me sucede? Y ese es el quid del descubrimiento de hoy: El sentido es (creo que aplica para todas las profesiones y oficios) ver a través de la realidad material tu patrón de comportamiento subyacente para destrabarlo, y ahí termina el aprendizaje en tal o cual aspecto. En la 3d, ser un mendigo o un ricachón, un buen o mal padre, un abusador o un monje, son simplemente roles o papeles que elegimos dentro de una obra de teatro llamada vida, la cual nos permite aprender los conceptos desde la experiencia, que no podríamos si solo nos quedamos como seres sutiles o etéricos. En fin, se nos olvida mucho que es una obra de teatro.
Ahora pregúntate ¿para qué un ser sutil viene a aprender como humano lo que ya sabe como espíritu?