Ícaro del abuelo Amador

Hay personas que nacen en una época y simplemente la habitan. Y hay otras que parecen hechas para abrirse paso a través de ella.

Amador Atehortúa Arroyave nació el 15 de agosto de 1918 en Yarumal, Antioquia. Nadie podía imaginar entonces la cantidad de caminos que recorrería ni las historias que acumularía durante sus casi noventa y un años de vida. Le tocó crecer en tiempos difíciles.

Cuando apenas comenzaba a hacerse hombre, el mundo atravesaba la gran crisis económica de los años treinta. Mientras otros niños soñaban con el futuro, muchos jóvenes de su generación tuvieron que aprender a sobrevivir. La vida les exigió madurar rápido, trabajar duro y depender de sí mismos.

Así se fue formando Amador. Con un carácter fuerte. Con una voluntad firme. Con esa mezcla de coraje y terquedad que tantas veces se necesita para salir adelante. Pero las montañas de Yarumal se le quedaron pequeñas. Y como tantos antioqueños de aquella época, emprendió camino hacia Medellín buscando oportunidades.

Allí trabajó en Posada Tobón, la empresa que hoy conocemos como Postobón. Aprendió oficios, conoció gente y comenzó a descubrir que el mundo era mucho más grande de lo que había imaginado desde niño. Sin embargo, la aventura apenas comenzaba. Por aquellos años se estaba construyendo una de las grandes obras que cambiarían la historia de Antioquia: la carretera hacia la Costa Caribe. Y Amador decidió seguirla. Literalmente.

Mientras la carretera avanzaba entre montañas, ríos y selvas, él avanzaba con ella. Trabajó en su construcción y fue testigo de cómo el esfuerzo de miles de personas iba transformando territorios enteros. Donde antes había monte, aparecían campamentos. Donde había campamentos, surgían caseríos. Y donde surgían caseríos, nacían pueblos.

Amador entendió algo importante: donde llegan las personas, llegan también las necesidades. Por eso dejó de ser solamente trabajador y se convirtió en comerciante.  Se volvió cacharrero. Vendía de todo, lo que hiciera falta, lo que ayudara a la gente a construir una casa, criar una familia o empezar una nueva vida.

Y recorrió caminos que hoy muchos apenas conocen en un mapa. Fue siguiendo esos caminos que llegó a Margento. Y fue allí donde ocurrió el encuentro que cambiaría para siempre su historia: conoció a Casta Susana Niebles Díaz. Juntos formarían una familia numerosa y tendrían nueve hijos. Más adelante, junto a Joaquina, tendría otros seis. Quince hijos. Una cifra que por sí sola parece una aventura.

Pero lo más importante no fue el número. Fue el legado. Porque aquellos hijos trajeron nietos. Y los nietos trajeron una nueva versión de Amador. Quienes lo conocieron en sus años jóvenes hablan de un hombre fuerte, de costumbres paisas, de carácter firme, capaz de hacerse respetar en una época en la que la vida no regalaba nada.

Pero quienes fuimos sus nietos conocimos a otro hombre. Conocimos al mago. Porque el mismo hombre que había recorrido montañas y carreteras desaparecía monedas frente a nuestros ojos. El mismo hombre que había enfrentado dificultades y desafíos realizaba trucos con una navaja y nos dejaba preguntándonos cómo era posible.

El mismo hombre que había ayudado a abrir caminos para otros, abría ahora puertas a la imaginación de sus nietos. Y quizás ahí está la verdadera grandeza de su historia. La vida le enseñó a ser fuerte, pero la familia le enseñó a ser tierno. La necesidad le enseñó a trabajar, pero los nietos le enseñaron a jugar. Con el paso de los años, aquel joven aventurero que salió de Yarumal terminó convirtiéndose en el patriarca de una gran familia. Un hombre que no dejó grandes monumentos de piedra, pero sí algo mucho más valioso.

Dejó hijos, dejó nietos, dejó historias, dejó recuerdos. Y dejó un ejemplo de valentía para quienes vinieron después. El 13 de junio de 2009, en Medellín, la ciudad donde gran parte de su aventura había comenzado, terminó el viaje de Amador Atehortúa Arroyave. Tenía casi noventa y dos años, pero las historias como la suya nunca terminan realmente.

Porque mientras alguien recuerde sus caminos, sus anécdotas, sus risas y sus trucos de magia, seguirá estando presente. Y hoy, al recordar al abuelo Amador, no recordamos solamente a un hombre, recordamos una época, recordamos una generación, recordamos a uno de esos seres humanos que, sin proponérselo, ayudaron a construir el país que heredamos.

Y quizá, si pudiéramos preguntarle cuál fue su mayor obra, no señalaría una carretera ni un negocio, probablemente señalaría a su familia… Porque al final de todos los caminos, fue allí donde encontró su verdadero hogar.

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